| Es el grito que lanzan las biografías
de nuestras mártires de Vallecas , cuyos restos acabamos
de depositar en nuestra Casa provincial. Entre otros muchos mártires
de Madrid y con otras doce Hijas de la Caridad dieron su vida como
testigos de la fe y de la caridad. Las obligaron a dejar las obras
caritativas de la casa Misericordia de Albacete y salir hacia Madrid,
después de haberlas exigido vestir de seglares para hacer
desaparecer todo signo religioso. Se vistieron de seglares, sí,
pero se les notaba lo que eran. El cambio consistió en sustituir
el hábito por una sencilla bata de percal, la toca por un
pañuelo o la desarreglada melena.
Las tres mártires de Vallecas Sor Mª Dolores Caro Martín,
Sor Andrea Calle González y Sor Mª Concepción
Pérez Giral decidieron no despojarse de su querido rosario,
habían encontrado en él y en la Eucaristía
celebrada clandestinamente en el sótano refugio la fuerza
para ser testigos en medio de la persecución. Sor Mª
Dolores y Sor Mª Concepción lo llevaban en la cintura
debajo del vestido de seglar y Sor Andrea, la más joven,
puesto como collar. Por este detalle fueron reconocidas como “monjas”
al bajarse del tranvía cuando llegaron el pueblo de Vallecas
para dejar a Sor Concepción en casa de un tío suyo
que no quiso recibirlas. Primero las apedrearon, después
las condujeron al Ateneo Libertario del pueblo donde fueron acosadas,
insultadas y detenidas. Durante varias horas sufrieron provocaciones
inmorales por parte de los miembros del tribunal integrado por cinco
milicianos. Seguidamente separaron a las dos más jóvenes
de Sor Mª Concepción y las llevaron a una celda de la
checa ubicada en el Colegio de las religiosas Terciarias de la Divina
Pastora. Allí unos milicianos atrevidos y desvergonzados
sometieron a Sor Dolores y Sor Andrea al terrible martirio de la
violación.
Seguidamente las llevaron a Los Toriles
y como si fueran toros de miura. Allí las torearon y arrastraron
mofándose de ellas un grupo numeroso de niños, jóvenes
y milicianos adultos. Por último acabaron con su vida con
un tiro que atravesó el cráneo, a Sor Dolores en el
parietal izquierdo y a Sor Andrea en el derecho. A Sor Mª Concepción
en lugar de torearla materialmente lo hicieron moralmente con provocaciones
obscenas. Al final sufrió el tiro final en el cráneo,
junto a la vía del tren en el término llamado del
Pozo del Tío Raimundo, no sin antes proferir un grito fuerte
como Cristo en la cruz. Como Él puso su vida en las manos
del Padre y gritó: “Viva Cristo Rey”.
Las tres trataron de conservar su vida porque la consideraban un
regalo de Dios para ellas y para los pobres, pero cuando los perseguidores
les preguntaron si eran religiosas, ellas contestaron: "Sí,
somos Hijas de la Caridad". Eran conscientes de las consecuencias
de tal afirmación, pero las aceptaron previamente como don
y gracia de Dios. Vivían con la confianza puesta en la Divina
Providencia. Sabían que su confesión de fe era ocasión
de martirio, estaban dispuestas a dar la vida y la dieron con valentía
y heroísmo con un GRITO DESDE LA FE, confesando su vocación
de Hijas de la Caridad con fuerza, Sor Dolores y Sor Andrea, o apagando
su voz como Sor Concepción Pérez Giral con un "Viva
Cristo Rey", escuchado por sus propios verdugos y testigos
de su muerte.
Una muerte así no se improvisa.
Habían recibido la vida como don y la entregan
como regalo, un regalo de amor atado con lazos de sangre y ofrecido
al Padre Eterno. Como acción de gracias por haberlas elegido
para continuar la misión de Jesús entre los hermanos
necesitados. Su biografía pone de relieve el fervor misionero
de estas Hijas de la Caridad dedicadas al servicio de los pobres
en una Institución que recogía a los más necesitados
(niños pobres, huérfanos, dementes, mendigos enfermos
o jóvenes sin hogar) Desde diferentes ministerios eran sanadoras
del dolor y restauradoras de las brechas sociales y marginación
en la que vivían los pobres, sus amos y señores según
expresión vicenciana. Son siervas y los pobres, engañados
o convencidos, deciden su muerte violenta. Por obediencia cambian
de casa, de oficio, de lugar, pero sigue vivo el amor que vence
todas las dificultades. No tienen nada, pero tienen a Dios como
tesoro. No necesitan nada porque se sienten dichosas viviendo las
Bienaventuranzas en sencillez, humildad y caridad. Estas virtudes
son el distintivo de su entrega y las huellas que marcan su camino
de seguimiento a Cristo. Al fondo está la cruz, una cruz
rubricada con sangre, que se transforma en amanecer pascual.
Su grito de Fe tuvo resonancia e hizo eco muy pronto en el
corazón
de muchas jóvenes que urgidas por el amor de Cristo y en
respuesta a su llamada de amor, supieron entregar su vida a Dios
para el servicio de los necesitados. Los primeros cristianos estaban
convencidos de que la sangre de los mártires es semilla de
cristianos. La sangre de estas Hermanas fue semillero de vocaciones
en los treinta años siguientes a su martirio. Esperamos que
el conocimiento de estas testigos de la fe abra nuevos surcos y
germinen en ellos nuevas semillas de Fe y Caridad. Ojalá
que la veneración de sus reliquias y el recuerdo de su martirio
sea ocasión de que este grito sea oído por las jóvenes
valientes que quieran seguir a Cristo, haciendo lo que Él
mismo hizo. Se trata de cambiar el rumbo del materialismo y comodidad
por senderos de fe y felicidad en la entrega personal, "dejándolo
todo" para ser apóstoles de Caridad.
Ellas fueron testigos de la Caridad, de que EL AMOR ES MÁS
FUERTE QUE LA MUERTE, por eso vencieron el temor a la muerte
en plena flor de la vida y supieron ofrecerla perdonando. Vivieron
y murieron urgidas por la Caridad de Jesucristo. Reconociendo
su fortaleza les dedicamos estos sencillos versos:
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