
Después de escuchar atentos la breve historia del Santo, los alumnos se disponen rápidos para festejarlo. No falta nada: espacios decorados, llenos de color; niños y niñas vestidos de chulapos y chulapas, sin faltar los claveles y mantones de Manila.
En una de las aulas se monta la verbena: parejas agarraditas bailan chotis y pasodobles; no importan los pisotones; la participación es completa.
Sigue el festejo aplaudiendo y degustando aperitivos y las típicas rosquillas del Santo: “tontas, listas y de Santa Clara”; los labios y dedos quedan dulces, hay que relamer.
Hermanas y empleados están de acuerdo al comentar que merece la pena trabajar, además, sábados y domingos, casi sin descansar, para ver disfrutar llenos de felicidad a los pequeños.