| Este año he tenido la oportunidad
de vivir mi primera Pascua. Sin duda, ha sido una de mis mejores experiencias
en el encuentro con Cristo. Allí he tenido la posibilidad de
conocer mucha gente de distintos lugares pero con algo en común:
DIOS. Hemos podido compartir cada uno su experiencia con el otro.
No dejé de asombrarme, pues, cuanto más compartía
y observaba, con mayor intensidad lo vivía todo. Pero, sobre
todo, he tenido la posibilidad de encontrarme a mi misma, de conocer
más a Dios.
Fui a la Pascua con la “Fe” por los suelos, ya hacia
tiempo que no dedicaba ni un mísero segundo a dirigirme al
Padre, y si lo hacia, era para reprocharle, culparle de todo cuanto
me sucedía ¡ mi fe me estaba fallando!
En la Pascua escuché a Dios, una vez más, como otras
muchas veces, que llamaba a mi puerta, pero me daba miedo abrirle
y dejarle pasar, prefería, como la mayoría de las
ocasiones, coger el camino fácil, no escucharle e ignorar
que llamaba, podían más mis pocas ganas de seguir
luchando.
“¡Tú sabes Señor
que te necesito pero a veces soy demasiado orgullosa para admitirlo!
Aún así no tuve que ir a buscarte, Tú, Señor,
viniste a mi encuentro, sin pedirme cuentas, así que me dejé
encontrar y me dijiste: “Ve y prepara la cena de Pascua”,
esto me llegó al corazón, desde ese momento “comprendí
que no era yo quien te elegí, eras Tú quien me habías
elegido a mí…”
También me he dado cuenta que no estoy sola
como muchas veces pienso, nuevamente me equivoco; me lo has hecho
saber en esta gran experiencia que he vivido personalmente contigo
Señor.
Entre otras cosas me invitaste a cruzar el desierto,
pero un desierto sin tristezas, sin miedos, “El desierto de
la Esperanza”, me diste la fuerza para convertirme en un peregrino
que se echa a andar, con el único fin de encontrarte sin
importarle las piedras u obstáculos del camino, porque tiene
la certeza de que al final de el estarás Tú, Señor,
y por muy difícil que parezca el poder seguir y llegar al
final, no se rinde.
“Señor, en esta Pascua moriste, pero
no me entristecí, lo hacía contigo, morían
mis miedos, mis tristezas, mi desesperanza…, era tal la alegría
que sentía interiormente que no tenía motivos por
los que llorar ya que luego Tú y yo resucitaríamos
juntos”.
Parecerá increíble, pero nunca me
había detenido a vivir algo tan grande como tu muerte y resurrección,
esta vez he tenido la gran suerte de hacerlo y ahora soy capaz de
verte día a día en cada mirada, cada sonrisa, en los
que también sufren, en cada una de las personas que me rodean…¡me
ha servido para tantas cosas! Ahora me doy cuenta de cuanto me queda
por aprender, por crecer en la fe, en el espíritu, como persona,
persona sincera, sencilla e incondicional para los demás…
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Solo espero que todas las personas
que habéis vivido la Pascua os hayáis marchado con
la misma satisfacción, alegría y gozo que yo y sobre
todo, convencidos de que esto no acabó allí, en la
Línea. Tenemos que morir y resucitar cada día con
Cristo, morir a nosotros para vivir y dar esa vida a los demás,
cumpliendo con nuestras obligaciones, superando nuestros problemas
y siguiendo hacia delante, siendo más fuerte que todo lo
que nos entorpece el seguir su camino, el camino hacia el Padre.
“Señor, te doy gracias
por esta experiencia de la Pascua, por la pascua que vivo cada día,
porque ahora soy capaz de verme y reconocerme en todo lo que soy,
con mis defectos y mis virtudes, y así me presento ante ti,
para que sea lo que Tú quieras, porque quiero que sigas llevando
el timón de mi barco, que sea tu luz la que ilumina mi vida,
esta que Tú día a día vas transformando. Que
así sea. “Gracias”
ESPE
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