“Bienaventurados los
que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos
serán saciados”
(Mt, 5, 5-7) |
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“Porque tuve hambre y me disteis de
comer; tuve sed y me disteis de beber; fui peregrino y me acogisteis;
estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso
y vinisteis a mi.” Mt 25, 35-37.
Cuando por primera vez oí la invitación de visitar una prisión
sentí como muchos recelo y las dudas asaltaron a mi cabeza: ¿será peligroso? ¿estaré cara
a cara con los internos? ¿qué voy a hacer yo allí entre
tantos presos? ¿sabré cómo actuar?… y decenas
de preguntas más que si no se las llega a plantear uno mismo, te
las cuestionan los demás, entre los que, sin duda alguna, forman
un grupo importante los miembros de tu familia y más allegados,
que dudan de la seguridad de esos centros y del trabajo que vas a realizar
allí.
Por supuesto lo primero que hay que saber es que uno no va
a hacer nada en concreto a ese lugar. Simplemente (y
ya es un trabajo) se va a ESTAR. Y Estar con letras mayúsculas, porque de eso se trata, de compartir
y acompañar a unas personas que desde un principio se nos muestran
culpables. No es cuestión de juzgar, pues ya tuvieron en su tiempo
un juicio más o menos justo, se trata de comprender y ver a Dios
en esas personas, que aprenden con el tiempo que la libertad no se puede
enjaular entre cuatro paredes, sino que la libertad está en el alma
y es ahí donde ellas y ellos se hacen fuertes para sobrevivir.
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Cuando llegamos el primer
día, se nos negó la
entrada por un problema de secretaría y tuvimos que volvernos
a casa con la ilusión bajo el brazo y un montón de
inquietudes y dudas. En un principio allí estábamos
un grupo de JMV de 18 jóvenes mayores, algunos ya habíamos
estado en alguna otra prisión de visita y otros jamás
habían entrado en una penitenciaría de alta seguridad
como era aquella de Algeciras. Eso no hizo más que unir nuestras
ganas de compartir una pascua diferente llena de sentido, tal como
Jesús nos enseñó viviendo el Evangelio, no solo
leyéndolo. Y así fue, cada una de las internas con
las que hablábamos en mil lenguajes distintos, nos daba muestras
de su propia pasión, de su sufrimiento diario, incluso de
la falta de derechos y la total ausencia de dignidad de la que se
veían privadas cada día. En sus rostros no había
enfado: En las veteranas (y digo veteranas porque ya podían
disfrutar de algún permiso y cumpliendo el final de su condena)
se apreciaba ese pequeño toque de resignación y conformismo
que apaga la sonrisa de las personas. En las más primerizas
se podía reconocer la duda, la incertidumbre y a veces esas
ganas de alegrarse para que el tiempo transcurra siquiera un poco
más aprisa de lo que el reloj de sus vidas marcaba. Fuese
lo que fuese, Dios estaba con nosotros, casi lo podíamos respirar
cada vez que éramos testigo de las experiencias de las mujeres
y lo sentimos más cerca que nunca cuando conectamos con ellas
a través de la música y el baile.
Habíamos llevado instrumentos diferentes para preparar la celebración
de la Palabra que iba a tener lugar el miércoles por la tarde y
aprovechábamos ese tiempo que estábamos allí para
ensayar las canciones y hacer los carteles. Pero eso era tan solo la excusa
para estar con las internas, porque lo que aconteció de esa intención
fue muy diferente a la idea inicial. En cuanto retumbó la caja y
las cuerdas de la guitarra marcaron los sones del sur, las internas acompañaron
con palmas y compases las bulerías y los tanguillos, las sevillanas
y el cante gitano en general, que bullía como desesperado por salir
de aquellas mujeres. Daba igual la edad, el arte no tiene tiempo ni espacio
no conoce más que un lenguaje, el del alma. Y así pasaba
velozmente el tiempo sin a penas darnos cuenta, en una improvisada fiesta
andaluza con los bailes y las risas de todos nosotros.
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Cuando salíamos no teníamos la sensación
de no haber aprovechado el tiempo en hacer los carteles y ensayar
las canciones, lo que nos estaba ocurriendo era más de lo
podíamos imaginar, nos estaban regalando parte de su libertad
y Dios estaba manifestándose con más fuerza en nuestras
vidas.
Tuvimos, sin embargo, varios problemas, sobre todo con el personal
de vigilancia, pues nos trataron de manera descortés como si les molestara nuestra
presencia. Si así nos trataron de mal a nosotros, no quiero ni imaginar
cómo tratan diariamente a las internas.
Al terminar la corta experiencia a
todos se nos quedó la misma sensación:
la necesidad de volver el año que viene.
Quizás la cosa más importante que hallamos aprendido es simplemente
que la libertad de una persona no se puede retener entre barrotes, suele
esconderse entre los rincones del duende de cada uno y quien te hace partícipe
de ella te está regalando un gran tesoro: la posibilidad de ver
a Dios en cada instante de tu vida. |
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