¡CUÁNTO HE DESEADO VIVIR ESTA PASCUA CONTIGO!
Así nos recibía el mimo Jesús el miércoles
santo cuando llegamos a La Línea, para comenzar el duro
y a la vez gozoso andar de la Pascua. Nos recibía con cariño,
con brazos abiertos, como siempre hace Él, o al menos así lo
sentí yo… Y yo acudí a su llamada. Fui a acompañarlo,
a vivir con Él esos días de sentimientos encontrados,
días de amor, de dolor, de muerte, de gozo… Pero empezaré por
el principio de los tiempos.
El miércoles por la noche, después
de que ya los cuarenta apóstoles que acudimos a la llamada
del Padre, nos encontramos reunidos,
nos dispusimos a entrar en ese ambiente de recogimiento y serenidad
propio de la Pascua, comenzando con nuestra primera reflexión… ¿cómo
vengo a la Pascua?¿qué traigo conmigo? Y cada cual
reflejo en un pequeño cuaderno, sus ilusiones, miedos, alegrías,
tristezas… Para después colocar dichos cuadernos en
un lugar donde quien quisiera pudiera acceder a ellos y escribir
a alguien, unas pocas letrillas. Cada uno nombramos a nuestro cuaderno
con un pseudónimo para que nadie supiera a quien estaba
escribiendo. Así creamos como un pequeño foro de intercambio
de sentimientos y motivos de esperanza para todo el camino de la
Pascua. De esta manera, yo en mi cuaderno llamado “Silencio” dejé unos
pocos de sentimientos escritos para compartirlos con todos. Llegué a
la Pascua, serena, tranquila, y esperando en silencio…, algo
que no suelo hacer en mi vida diaria, porque está llena de
ruidos que no me dejan oír a Dios.
Y así amaneció EL DÍA DEL AMOR FRATERNO. Fue
un día de amor comunitario, de amor compartido. Y lo viví de
un modo especial, porque en cada sonrisa, en cada abrazo y en cada
detalle descubrí que Jesús tiene muchos rostros y diferentes
mensajes en las palabras de cada persona que en aquel día
se dirigieron a mi. Podría escribir un libro con todos los
gestos de cariño, ternura y servicio que presencié en
aquel día. Pero no puedo evitar que venga a mi mente la imagen
de cada uno de nosotros ciñéndonos la toalla, y lavándonos
los pies unos a otros como hizo el mismo Jesús con sus apóstoles,
o mejor dicho, encontrando la presencia de Jesús poniéndose
al servicio, sorprendiéndonos con tanto amor. Después
compartimos con Él la cena de la Pascua, con el cordero, el
pan ácimo, las endivias y el vino como protagonistas. Aquella
cena había sido preparada por unas manos esmeradas. Éramos
una autentica familia, ana auténtica comunidad, que celebraba,
vivía y compartía. Ya era tarde cuando acabamos
de cenar, las doce o la una de la madrugada, y Jesús nos llevo
a Getsemaní. Estábamos cansados, el sueño se
hacía presente, como una espesa nube que no nos dejaba ver
lo que estaba ocurriendo. Sabíamos que era la hora, que pronto
lo prenderían, y como buenos amigos suyos a pesar del cansancio
estuvimos acompañándole, velándole durante toda
la noche, sin dejarle sólo, igual que Él no nos abandona
a nosotros en nuestros propios Getsemanís…
¡Qué duro fue el camino hacia el Gólgota! ¡Cuántas
veces caíste al suelo!. Mientras, te mirábamos
desde lejos, te acompañábamos lentamente, aumentando
el peso de tu cruz, añadiéndole el peso de nuestras
ataduras, de nuestros pecados. Fue un vía crucis silencioso,
que duró hasta el medio día. Teníamos hambre,
era día de ayuno y silencio, teníamos miedo, porque
nuestro mayor AMOR estaba sufriendo por nosotros. Y te matamos, te
clavamos en la cruz. Sí, sí, parece irreal, ilógico,
miserable, pero fuimos nosotros quienes te clavamos, los que nos
llamaos amigos tuyos, los que decimos ser Cristianos, los que te
negamos como lo hizo Pedro, los que te entregamos como Judas… En
cada clavo una atadura, un pecado, una tristeza, un miedo…Y
sólo quedó la nada, el abismo, la soledad. Ya no estabas,
te habías ido, y nos sentimos traicionados, y odiamos al mundo
y arrojamos nuestro odio, en forma de bola negra de plastilina, contra
todas aquellas situaciones de pobreza, miseria, corrupción,
vicio … ante las que sentíamos impotencia y no podíamos
controlar.
El sábado vimos tu cuerpo envuelto cuidadosamente entre vendas
y sábanas. Sólo podíamos adivinar tu silueta
allí abajo. Era difícil comprender el sentido de todo
aquello. Echamos un vistazo a nuestras propias vidas… ¡Cuántas
cosas cambiaríamos! Estábamos arrepentidos por no haberte
seguido, o escuchado cuando estabas con nosotros. Y entre pensamientos,
reflexiones, y alguna que otra lágrima nostálgica por
tu ausencia transcurrió el día…
Pero Dios nos observaba sonriendo. Él sabía que el
CAMINO no había terminado, Él sabía la VERDAD, Él
sabía que la VIDA entregada no podía morir sin más.
Y se encendió una gran luz a la orilla de la playa, algo estaba
ocurriendo. Era Él, ¿Cómo podía ser aquello?
HABÍA RESUCITADO. Y de tanta alegría y tanto gozo,
no pudimos guardar el secreto sólo para nosotros, sino que
fuimos cantándole a todo el mundo que CRISTO ES LA LUZ DEL
MUNDO, EL QUE ROMPIÓ LAS TINIEBLAS… Y también
nosotros renunciamos a las tinieblas y renovamos nuestra promesa
del bautismo. El cansancio de los días anteriores había
desaparecido porque Dios fue grande con nosotros y cuando parecía
que nos había dejado solos en realidad Él nos llevaba
en sus brazos, susurrándonos al oído:
“YO SOY EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA”. |