Con estas palabras de la Conferencia que San Vicente dirigía a las hermanas el 11 de noviembre de 1657, recogidas en nuestras Constituciones, y con la invitación del Evangelio a “remar mar adentro y seguir echando las redes en nombre del Señor” (cf. Lc 5, 1-11) me dispuse a seguir caminando, abandonada, en las manos del Señor y disponible para servir allá donde se me envíe. Ya que, una vez concluido el tiempo de formación transcurrido en el Seminario, se abre una nueva etapa en la cual deseo y espero, por la gracia de Dios, hacer vida todo lo interiorizado en este tiempo que me ha hecho experimentar, de modo especial, cómo el Señor guía nuestros pasos y va modelándonos, con su bondad y su misericordia, según su voluntad. Él ha ido despojando mi corazón hasta el punto de no desear nada más que cumplirla en lo concreto del día a día. Sólo así, podré responder con mi vida a la pregunta que el salmo 115 me ha ido haciendo a lo largo de este tiempo y que tanto en la Eucaristía de entrada al Seminario, como en la de final de dicha etapa, acrecentaba en mi interior el deseo de responderle con todo el amor del que mi pobre corazón es capaz, a la vez que me marcaba todo un programa de Vida, basado en la gratitud, la fidelidad, la alegría, el servicio, la verdad de nuestra pequeñez, la experiencia de la presencia bondadosa de Dios y la necesidad que surge, en nuestro interior, como consecuencia de esta experiencia, de anunciar a todos su bondad y su amor misericordioso.
Cuando llegué a la Provincia, el lunes 28 de septiembre, me sentí gozosamente acogida y acompañada por la hermanas. Dialogué con Sor Mª Pilar Rendón, nuestra Visitadora y me comunicó el destino: el Colegio “Sagrada Familia” de Dos Hermanas (Sevilla). Allí, deseo, humildemente, dar respuesta, en lo concreto de los días, y seguir creciendo, en la entrega total al Señor en el servicio de los más pobres, participando activamente en la misión encomendada a dicha Comunidad.
Al día siguiente, el martes 29 de septiembre, festividad de los santos arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, y en el contexto gozoso de la apertura del año jubilar, tiempo de gracia y conversión, que se inició el día de San Vicente –dos días antes-, para conmemorar el 350 aniversario de la muerte de nuestros Fundadores, tuvo lugar, a las 7 de la mañana en la capilla de la Casa Provincial el acto de “Envío en Misión”.
Sor Pilar, nuestra Visitadora al enviarme a servir a los Pobres en nombre de la Compañía me recordó el objetivo de esta etapa de Formación que comenzaba: “Profundizar en los principios recibidos, mientras compartiré activamente la misión de una Comunidad local (C.57) “, concretamente en la Comunidad del Colegio “Sgda. Familia” de Dos Hermanas que será mi Comunidad, para responder a ello me ofrecía el contenido de tres palabras;
- ABANDONO en el Señor que se irá haciendo presente en mi vida, “si yo le dejo que bien lo hará…”
- CONFIANZA en el que me ha llamado y al que he de encontrar en la oración en la Comunidad, principal agente de formación con mi Hermana Sirviente, principal responsable de esta etapa y en los Pobres por los que me he de dejar evangelizar.
- ALEGRIA, sí, la Hija de la Caridad llamada a servir y evangelizar en un mundo de exclusión, de marginación, entre los más vulnerables y heridos por la vida ha de ser un auténtico testigo de alegría de tal forma que las personas que se acerquen a nosotras encuentren la paz y se sientan agradecidas al Señor, descubriendo a través de mi el amor que El les tiene
Todos los detalles eran sugerentes, “todo me hablaba”, todo me encauzaba a sentir el gozo profundo que me lleva a seguir, con más fuerza, proclamando en lo hondo de mi alma el “Magníficat”, junto con María, Nuestra Madre querida. En el altar, delicadamente decorado, unos detalles muy significativos me recordaban, en consonancia con el Evangelio de Mateo 13, 44- 45 (“El descubrimiento de la perla o el encuentro con el tesoro…”), la importancia de seguir avanzando, por el camino del Amor que siempre es “nuevo”, porque todo lo “renueva”, según el dinamismo del Espíritu Santo.
Los hermosos cantos, preparados también con dedicación y esmero, contribuyeron, junto con la oración de las hermanas que me acompañaban, a que pudiera alcanzar el sentido profundo de lo que en mí estaba aconteciendo: ¡“Enviada en misión” hasta el final de mi vida, para continuar, en comunión con mis hermanas de comunidad, la labor de Jesucristo en la tierra, en el servicio concreto realizado a favor de los más pobres y necesitados de nuestro mundo!
A las seis de la tarde, se celebró la Eucaristía. Las palabras del P. Director fueron muy profundas y elocuentes basándose en la festividad del día y el significado de los tres Arcángeles, además de motivarme a tener al Señor como único Centro de mi vida. De nuevo sentí el amor que las hermanas habían puesto a la hora de preparar todos los detalles. En el ofertorio: una ocarina que, cuando penetra el aire y lo acoge, lo transforma en música, simbolizaba el soplo del Espíritu para que llegue hasta el fondo de mi ser y que con mi vida suene Su música de amor y entrega incondicional a los más pobres; unas lámparas encendidas representaban nuestros pilares: la vida en Dios, la comunidad y el servicio a los más pobres para que ellos sean siempre los que sostengan e impulsen mi vida y mi vocación; y el Pan y el Vino que, transformados en su Cuerpo y en su Sangre, sigan siendo siempre el alimento esencial e insustituible en nuestras vidas.
¡Gracias de todo corazón a cada hermana que se unió en este día tan especial en mi vida! ¡Gracias a las que estuvieron físicamente y a las que, desde la distancia, se unieron en la oración! También, deseo dar gracias a Dios por mi familia y por la Comunidad del Seminario que, aunque no pudieron estar, sentí muy cerca. Gracias, de modo especial, a las hermanas de la Casa Provincial, del Colegio y de la Comunidad “María Reina”, por su acogida y la abundancia de pequeños detalles que llenan “del color de la alegría” la vida. Gracias al Consejo Provincial y a las responsables de la Formación, que, durante mis primeros pasos, como Hija de la Caridad, me han acompañado de modo especial, ayudándome a afianzarme en aquello que es esencial en nuestra vida. ¡Deseo que el Señor siga bendiciéndonos y colmando de gozo nuestro caminar hacia Él, buscando cumplir, en todo momento, su voluntad! ¡Que la Virgen María siga intercediendo por nosotros y muestre el camino a otras jóvenes que sientan deseo de responder a la llamada del Señor, según el hermoso Proyecto de la Compañía!

Sor Isabel María Saborido Gómez. |