 
Eran las seis de la mañana del día 24 de julio. En un silencio absoluto que permitía escuchar con exactitud todos los sonidos de la naturaleza y el golpe del bordón sobre el suelo asfaltado de Triacastela, salíamos un grupo de veinticinco Hermanas de todas las Provincias de España y un sacerdote Paúl, con una idea fija: llegar a Santiago.
Las Hermanas que viven su proceso de Formación Inicial nos hicieron esta propuesta: realizar el Camino de Santiago. Ésta fue acogida, y se decidió que los Ejercicios Espirituales de este año 2010 lo realizaran peregrinando hacia Santiago, y el Padre Fernando Casado, director de la Provincia de San Vicente, sería el encargado de dirigir estos Ejercicios especiales.
Desde el momento que se supo la noticia se empezó a vivir con ilusión y a preparar bien la experiencia. La participación sería una opción personal.
La peregrinación empezó en Triacastela. Fueron ocho días en los que necesitamos realizar un gran esfuerzo físico y una intensa profundización espiritual. Samos, Sarria, Porto Marín, Palas de Rei, Arzúa y Predrouso fueron los lugares por los que pasamos antes de llegar a tan ansiada meta.
El Camino de Santiago fue para nosotros algo así como el camino de la vida, pues peregrinar es vivir el momento, es contar sólo con la experiencia vivida, es tener la certeza de que, en adelante, la Providencia de Dios y la solidaridad de los peregrinos te ayudarán a superar esta etapa, y la siguiente, y la otra…y llegarás al final
Iniciábamos la marcha muy temprano, envueltas todavía en una oscuridad muy débil que parecía tener prisa por vocear el amanecer. La belleza de la naturaleza nos atrapaba y nos hacía fundirnos en un hermoso abrazo, expresión de la unidad que genera con el hombre. Un canto de alabanza brotaba de lo más profundo de nuestro ser: “Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra”. Hermosos paisajes nos acompañaron todo el camino haciéndonos descubrir la armonía y el equilibrio de este universo gallego.
Las jornadas eran generalmente largas, de aquí que contáramos con tiempo suficiente para reflexionar, orar, contemplar, admirar…Lo más destacado del camino era la cantidad de peregrinos que transitaban por él. Aquí estaban representadas todas las edades, nacionalidades, género, motivación...Yo no dejaba de preguntarme qué irían buscando cada uno en el camino, a la vez que me preguntaba ¿qué busco yo? Y con paciencia y esperanza seguía caminando.
Muchas escenas costumbristas iluminaron otros momentos: las gentes del lugar trabajando, los animales,… todos parecían familiarizados con la interminable fila de peregrinos.
La forma de vida que más contemplamos fue la del pastor. En muchas ocasiones tuvimos que ceder el paso a esta entrañable escena del pastor con su rebaño. Nos evocaba la imagen evangélica de Jesús pastoreando a sus ovejas, sin abandonar a ninguna. Serenidad, sencillez, acogida eran los valores dominantes.
A medida que avanzaban los días también llegó la dureza del camino. . El “no puedo más”, “tanto esfuerzo ¿para qué?” ,y alguna que otra lágrima afloraban en nosotros, fruto del cansancio y del dolor. Esto nos permitía reflexionar sobre el camino de la vida con realismo: ¡cuántas personas sufren mucho más buscando mejores condiciones de vida!, ¡cuántas personas viven en soledad sin encontrar a alguien que le tienda una mano o le dirija una sonrisa reconfortante o una palabra de ánimo! Verdaderamente el camino de la vida no es fácil, pero hay que recorrerlo, no podemos decaer, y debemos ayudar a que nadie decaiga. Todo lo experimentado te permitía vivirlo con mucha humildad. Nadie fue tan fuerte como para no necesitar ayuda, ni nadie fue tan débil como para tener que abandonar el camino trazado.
Cuando parecía que ya no podías más, llegabas al albergue, lugar en el que te esperaba el merecido descanso. ¡Qué poco necesitabas en esos momentos! Una cama desnuda y un espacio para poderte asear lo era todo; lo demás lo tendrías que encontrar en tu mochila o en la mochila de alguna Hermana. Entonces descubrías las pocas cosas que son necesarias para vivir, y comprendías que peregrinar es mucho más que caminar, es un estilo de vida. Una vida que te hacer prescindir de todo lo superfluo y te lleva a compartir lo necesario. Un estilo de vida que te hacer mirar al hermano antes que a ti mismo, y que no te permite estar en paz hasta que ves que todas las personas con las que vas de camino han llegado. Lo importante no es llegar, es que “lleguemos”.
Hacia las diecisiete horas comenzaba para nosotras un tiempo más sereno, el que nos permitía interiorizar algunos aspectos del camino y el que centraba el siguiente día. A lo largo de los siete días, el Padre fue centrando nuestra reflexión en el sentido y valor cristiano del sufrimiento. Nos presenta a Jesús como el Hijo que vive en obediencia y que va discerniendo poco a poco que esa obediencia le va a llevar a vivir el supremo amor, y a realizar su mesianismo con “su cuerpo entregado y su sangre derramada”. La paradoja es que, a pesar de su resurrección, el dolor no ha quedado suprimido, pero a partir de ella nos da el Espíritu Santo, que a través de sus dones, nos posibilitará para transformar la tierra.
Cada tarde fuimos reflexionando algunos puntos que nos ayudarían a ir concretando la respuesta que, como Hijas de la Caridad, debemos dar al sufrimiento. Nos sentíamos discípulas llamadas a vivir la pasión por el hombre y la obediencia al Padre. Veíamos que, para llegar a un amor que se entrega más allá de toda eficacia, a veces hay que pasar por la impotencia y el fracaso.
Para la conferencia nos acogía un hermoso lugar que posteriormente enmarcaba un profundo rato de oración.
La Eucaristía la compartimos todos los días con otros peregrinos, y en la medida que avanzábamos nos íbamos familiarizando con algunos. La liturgia llenaba y plenificaba nuestra jornada. A través de ella se agudizaba nuestro sentido eclesial. Saboreábamos la universalidad, la unidad en la diversidad, la sed de trascendencia, el ansia de paz y la necesidad del perdón.
Las Iglesias que visitamos siempre estaban llenas, y nunca faltó la presencia de la juventud e incluso de la infancia. En estos momentos también se intensifica el sentido de pertenencia, sobre todo cuando los demás te descubrían como Hija de la Caridad y se alegraban por ello. Tuvimos la ocasión de llevar ante el altar “el clamor de los pobres y orar en nombre de ellos”. Estoy segura de que canciones como “Tú has venido a la orilla” y “Mientras recorres la vida” resonarán a partir de ahora en nuestras vidas de manera diferente. Las recordaremos con sonido de violonchelo y guitarra, y tendremos la certeza de que Santa María del Camino estuvo en todo momento protegiendo nuestro caminar.
En una de las oraciones se nos entregó un símbolo, que todas, en un acto reflejo, colocamos en nuestras muñecas: una pulsera formada por nueve hilos, cada uno con el color que representa a nuestras Provincias. Éstos estaban entrelazados. No se puede decir qué color era el dominante, sólo que el resultado era bello. Sí, así hemos vivido estos días tan significativos y que nunca olvidaremos por mucho tiempo que pase.
Todas las Hermanas nos sentíamos enviadas por nuestras Comunidades y Provincias. Sabíamos que el reto que teníamos por delante era duro, pero que juntas lo conseguiríamos. Y así ha sido. Ahora se trata de mantener el mismo ánimo y las mismas certezas: tenemos una misión común y un mismo corazón que quiere caminar unido, que quiere llegar al destino que Dios nos vaya marcando. Contamos con Jesús como el mejor compañero de camino, y con María que peregrina con nosotras y nos protege con amor de madre. Tan sólo debemos seguir la “flecha amarilla” con docilidad y confianza, sin desfallecer. El camino no es fácil, como tampoco lo fue para el apóstol Santiago, pero como él lo logró, nosotras seguiremos llevando el Evangelio y la Caridad hasta los confines del mundo.
Agradecemos a cuantos han sido facilitadores y colaboradores en hacer posible esta profunda experiencia.

Sor Mª Carmen Polo, H.C. |