| Todo comenzó
el sábado por la mañana, nos juntamos en la estación
de Irún para coger el tren y que nos llevara a Urnieta.
Cuando llegamos allí, la fatal caminata (según los
chavales) de 10 minutos estaba por llegar. Una cuestecita y enseguida
estábamos viendo la casa en la que pasaríamos esos
dos alegres días. Una vez allí, se les dieron las
reglas estipuladas para el buen uso de todas las instalaciones
de la casa para que todos pudieran convivir en armonía.
Después, se comenzó con la actividad de la mañana
consistente en juegos variados tales como: “el juego del
zorro”, “los círculos” y el juego de
“túnel de pelotas”. Aquí ya se empezaba
a notar la alegría porque participaban mucho y muy bien,
con muchas ganas. Tras el esfuerzo de los juegos, los estómagos
no dieron tregua y fuimos a comer, que ya tocaba.
Tras la limpieza del comedor y el fregoteo tuvieron tiempo libre,
el cual lo aprovechaban para hacer los típicos juegos de
tiempo libre que se hacen en las convivencias y, del mismo modo,
les encantaba estar en cualquier sitio hablando. Tras este tiempo
de relax, realizamos una gymkhana por la casa y alrededores con
diez pruebas, la cual la ganó el equipo verde. El juego
resultó muy agradable, aunque hubo algunos roces entre
los dos equipos: la competitividad siempre causa “piques”;
aunque una vez terminado el juego, ya nadie se
acordaba de los mismos, la alegría volvía a reverdecer.
Tras el juego, había que reponer fuerzas y qué mejor
manera de hacerlo que tomando la merienda. Después de tanto
tiempo lúdico, llegó el momento de reflexión.
Para ello, estuvimos analizando varios textos del Nuevo Testamento
en los que se habla de la alegría. Les gustó mucho
poder ver que en la Biblia existen tantos textos sobre este tema
y hablamos mucho sobre la alegría: qué era para
cada uno, cómo se podía expresar…. Y qué
mejor manera que expresarlo que plasmar en un mural la frase que
más les había gustado y todo lo que quisieran. Para
culminar con la reflexión, cada uno de los grupos expuso
el tema ante los demás llegando a la conclusión
de que todos tenemos alegría por muchos motivos.
Más tarde se les dejó tiempo libre y cuando llegó
la hora de la cena, todos se pusieron a comer, ya que los estómagos
pedían a gritos la comida. Una vez recogido y fregado todo,
se empezó con la velada. El terror y el misterio fueron
puntos clave para poder llevarla a cabo. De ese modo, comenzaron
los juegos de la velada: se les escondió una baraja de
cartas distribuida por toda la casa y, en principio, tenían
que ir uno por uno a encontrar sólo una carta. La valentía
no fue muy grande ya que solamente una del grupo tuvo el valor
suficiente de ir. Lógicamente, todas las luces de la casa
estaban apagadas y de vez en cuando algún duendecillo hacía
ruidos terroríficos… Una vez encendidas las luces,
se realizó el juego del “amo del tiempo” donde
se mediría la precisión de cada uno al contar un
minuto sin tener ningún reloj ni referencia. Para finalizar
y ya que parecía que les gustaba el miedo, salimos a la
calle donde realizaríamos otro juego.
Para prepararlo, había que hacer tiempo, por lo que se
les llevó por un camino angosto y bastante tétrico
donde se les contaron varias historias de miedo. Aún algunos
tienen moratones en los brazos de lo fuerte que se agarraron a
ellos algunos compañeros. Una vez terminada la dinámica,
volvimos a la casa y se desveló la verdad de la historia…
En definitiva, un sinfín de dinámicas.
Para terminar el día un poco más calmado, realizamos
un gesto y una oración. A lo largo del día habían
ido consiguiendo unos tesoros que ellos no sabían lo que
contenían. Fue el momento de desvelarlo: cada uno contenía
una frase que completaban el acróstico de la palabra alegría,
un gesto que gustó mucho e impactó. Del mismo modo,
y para terminar, todos unidos, rezamos la oración que el
mismo Jesús nos enseñó. Tras la oración
tomamos una leche con cacao tibia para poder dormir mejor, nos
lavamos los dientes (alguno se escapó), y nos metimos a
la cama. Tras eso, algunos durmieron, otros intentaron dormir
y otros… en fin.
El radiante Sol, inundaba la habitación cuando nuestros
brillantes ojos comenzaban a abrirse (qué poético).
Un día fenómeno. Ese Sol nos cargó las pilas
para todo el día. Cogimos la ropa y el neceser, nos duchamos
y después se nos dio el desayuno para coger aún
más fuerzas para afrontar las actividades propuestas.
Seguidamente, cerramos bien la puerta de la casa y bajamos al
pueblo donde realizaríamos un juego de conocimiento del
mismo. A través de 5 preguntas y 5 pruebas que tenían
que realizar a y con la gente de la calle, irían conociendo
más acerca del pueblo. Una forma muy divertida de interactuar
con la gente, que por cierto, se portó de maravilla. Al
finalizar, un rato de tiempo libre y una pequeña recompensa,
hicieron enseguida recobrar las ganas de más...
Después, resultando que era domingo, fuimos a la Eucaristía.
Todos juntos pudimos valorar la importancia de asistir a la misma
como grupo cristiano que somos. El templo era precioso y eso nos
hizo estar más inmersos en la misa. Al finalizar la misma,
la comida estaba esperando en el comedor, así que con gran
apetito, pudimos comer.
La “mejor” hora había llegado: limpieza general
de la casa. Entre todos limpiamos la casa, por grupos y ordenadamente,
y se terminó con mucha rapidez. Algunos recovecos quedaron
un poco “de aquella manera”, pero con un repaso, quedaron
como nuevos.
Tras dejar todo como se había encontrado, la hora de la
triste vuelta a casa llegó. Cogiendo las maletas y diciendo
adió a la casa, la estación nos estaba esperando
ya que el tren estaba por llegar.
Una convivencia muy dinámica y,
sobre todo, con mucha alegría.
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