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| Acercándonos
a la vida cotidiana, hablemos un poco del estilo de la vida comunitaria
de las hermanas... |
Desde
los orígenes de la Compañía, los Fundadores dieron
una gran importancia a la vida fraterna en comunidad, aunque advirtiendo
que habían sido “llamadas y reunidas por Dios para el
servicio de los Pobres”. El temor del retorno a los monasterios,
como sucedió con las Visitandinas, fundadas por San Francisco
de Sales, gran amigo de nuestro Fundador, obligó a San Vicente
a precisar bien las cosas.
Por otra parte, lanzadas las Hermanas en medio del
mundo, cabía que no desarrollaran la pertenencia a un mismo
cuerpo si no se precisaba bien la vida comunitaria fraterna. Durante
muchos años la vida comunitaria en nuestro Instituto ha sido
uniforme, a pesar de la gran variedad que siempre ha existido en los
servicios. Hoy se mantiene la exigencia de la vida comunitaria, pero
admite una variedad de formas en función del servicio que desarrolla
cada Comunidad. Las modalidades quedan determinadas en el Proyecto
Comunitario Local.
Las Hermanas desean y reclaman la vida de comunidad
pero, ante el individualismo reinante, no faltan algunas excepciones.
Las Hermanas están convencidas de que el testimonio de amor
fraterno que se da a través de la comunidad es un factor importante
para la evangelización. Lo es sobre todo en los países
donde la convivencia entre las diferentes etnias y tribus resulta
difícil. |
| Muy
brevemente: ¿qué aspectos subrayaría en la vivencia
actual de los votos? |
En
nuestro caso, los votos además de confirmar la consagración
bautismal son también la confirmación de la entrega
total que hacemos a Dios de nosotras mismas al ser admitidas en la
Compañía. Ante la novedad que los Fundadores introdujeron
al sacar la vida consagrada de los monasterios y asignar a las Hermanas
“por claustro las calles de la ciudad y las salas de los hospitales”,
quisieron precisar bien en qué consistía nuestra vida.
Así San Vicente les dirá: “Si el Obispo os pregunta
quiénes sois, le contestáis que no sois religiosas (en
el siglo XVII decir religiosa era tanto como decir monja de clausura),
sino personas que se han dado totalmente a Dios para el servicio de
los pobres”.
Las Hijas de la Caridad confirmamos esa entrega
mediante los votos de castidad, pobreza y obediencia que nos liberan
y disponen a vivir, también por voto, el servicio de Cristo
en los pobres. Los votos suponen necesariamente una proyección
apostólico-social. Nos liberan y facilitan nuestro servicio
en cualquier lugar donde hay un hermano que sufre. |
| Un
mensaje para los que hoy se preguntan por el futuro de la vida consagrada. |
| Mi
mensaje sería verdaderamente de esperanza y de confianza. La
vida consagrada es el seguimiento radical de Cristo, de su Evangelio.
Los carismas de cada Instituto tratan de vivir, con intensidad particular,
alguno de los aspectos de la vida del Señor. Nuestros Fundadores
nos crearon, por inspiración divina, para el servicio del Señor
en los pobres, recalcando fuertemente, en sus instrucciones a las
Hermanas, esta visión de fe: “Diez veces irá una
Hermana a visitar a un enfermo y diez veces encontrará en él
a Dios”, nos dice San Vicente. Cristo no puede fallar, “es
el mismo ayer, hoy y siempre”, por lo tanto, su seguimiento
radical tendrá siempre sentido y derecho de existencia, a pesar
de que disminuyan los efectivos. Lo más importante no son los
números, que tanto nos preocupan a veces, sino la fidelidad
y el ardor que pongamos en vivir el carisma. Lo demás vendrá
por añadidura. Debemos cuidar el “ser”, nuestro
contacto con Cristo, que nos inspirará el modo de imitarle,
y vivir con radicalidad la identidad en el mundo de cada momento.
Es cierto que profesionalmente se nos sustituye con facilidad en algunos
países, pero la mística que motiva el servicio y la
calidad que impone no son tan fáciles de remplazar. En otros
países carentes de posibilidades, somos requeridas y necesarias
en todos los sentidos. |
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