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entrevista con Sor Juana Elizondo

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Y en esas mismas visitas, ¿cuáles son las tres esperanzas que animas a las hermanas?
   Entre las esperanzas, podría decir que aun en medio de las múltiples dificultades que el mundo de hoy presenta para vivir con dinamismo los valores de la vida consagrada, las Hermanas tienen plena confianza en que: La Compañía tendrá siempre sentido porque su carisma es en realidad la imitación de la vida de Cristo, que pasó por el mundo remediando las necesidades de todo tipo de sus contemporáneos. Las Hermanas viven en plenitud y con alegría esta convicción.
   
   También es para ellas fuente de esperanza, constatar la gran sensibilidad que existe en la Compañía ante las necesidades de los pobres, y su generosidad, en general, en responder a ellas. No sería fácil encontrar una Hija de la Caridad que no contara con estas cualidades.

   Un tercer gran motivo de esperanza es la solidaridad, que siempre existió, pero que se ha acentuado estos últimos tiempos. La ayuda mutua, pero sobre todo la de las Hermanas que están en el primer mundo hacia las del tercero o cuarto mundo, aun a costa de sacrificios, alienta la esperanza en el futuro y permite audacias que de otro modo no serían fáciles.
En el proceso de renovación de los últimos 40 años, han cambiado muchas cosas; le agradeceríamos una evaluación al respecto: lo positivo y lo negativo, los caminos que quedan por andar, las cuestiones pendientes.
   En lo positivo diría que, con relación a tiempos pasados, se ha conseguido cierto espacio de libertad que ha estimulado la responsabilidad personal frente a imposiciones normativas. Las relaciones entre los diversos niveles son más sencillas, de mayor proximidad, de respeto mutuo. Se escucha más a la base. En la formación se trata de construir personas sólidas, fundadas sobre roca, con convicciones firmes, capaces de vivir con dinamismo su vocación, capaces de luchar contra vientos y mareas, sin que necesiten una constante supervisión ni excesivas estructuras de control.
 
   Naturalmente, existen las contrapartidas negativas. Hay más individualismo que dificulta el sentido de pertenencia a un grupo que ha optado por unas normas de convivencia. La disponibilidad y la movilidad pueden sufrir. Se interpreta mal el diálogo. Y me atrevería a decir que la obediencia no siempre encaja bien en este contexto.
La vida consagrada, como don carismático, es un organismo vivo; hay quien afirma que es mejor ‘afirmarse en lo seguro’, hay quien prefiere apostar… ¿Dónde estamos y por dónde habría que dirigirse?
   Efectivamente, la vida consagrada es un organismo vivo y, por lo tanto, no puede detenerse ni asegurar su futuro contemplando y conservando el pasado, sin más. Debe permanecer en movimiento siguiendo el ritmo de las situaciones que reclaman su presencia y servicio. Concretamente nuestro carisma exige audacia desde los orígenes. Nadie más audaz que nuestros Fundadores, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, que tuvieron la osadía de sacar la vida consagrada de los conventos y monasterios para situarla en medio de los pobres, en situaciones verdaderamente arriesgadas e inusuales, como el servicio de los galeotes, en campos de guerra, la atención de los apestados.
   
     De hecho, la primera Hija de la Caridad, Margarita Naseau, murió por contagio de una de estas enfermas. Pero también podemos añadir que nadie más prudente que ellos. A San Vicente se le ha achacado de lentitud en sus decisiones. Uno de sus principios era “no adelantarse a la Providencia”. San Vicente mide los riesgos de las acciones que emprende, pero no por eso renuncia a ellas, sino que prepara a las Hermanas para que sepan afrontarlos. A lo largo de sus conferencias va sembrando sus instrucciones en muchos dominios; sobre todo exige de ellas una vida espiritual sencilla pero sólida y una comunidad fraterna capaz de apoyar a las Hermanas en sus duras actividades. Es decir, prepara el ‘ser’ que apoye el ‘hacer’. Hoy, más que nunca, en un mundo que corre con velocidad, se imponen la novedad y el cambio, pero no la novedad por la novedad, ni el cambio por el cambio. No creo en ciertas actividades, ni modos de vivir de escaparate por su excesiva radicalidad; generalmente no duran.
Es evidente que todos padecemos una gran crisis de vocaciones. ¿Cómo ha afectado y sigue afectando esta situación al Instituto que dirige?
   La estamos resintiendo fuerte y dolorosamente en la mayor parte de los países de Europa, en los Estados Unidos… y en los países donde las vocaciones florecieron en los años 40, 50 y primeros de los 60. En Europa, sobre todo en España, entraban cientos por año, al igual supongo que en otras Congregaciones. Después del Concilio hubo bastantes bajas. La sacudida fue fuerte y no todo el mundo la supo encajar, al igual que fue también fuerte la repercusión no suficientemente prevista, y por lo tanto no preparada, de los cambios políticos, sociales y laborales (horarios, salarios, nuevas tecnologías), que desplazaron los puntos de referencia, que en nuestro caso habían durado siglos, y no todo el mundo supo interpretarlos como accidentales con relación a los valores permanentes. Hubo una fuerte discrepancia generacional en la interpretación y aceptación de estos cambios, por lo que un buen número buscó la solución en la salida.
   
   Actualmente las bajas son fuertes en nuestras estadísticas, puesto que a las numerosas entradas de hace 60 años o más, corresponden las numerosas salidas hacia la Casa del Padre. Todo esto tiene la dolorosa consecuencia de cierres de comunidades, etc. Lo que requiere una constante revisión de obras y re-planificación. En este momento, el mayor número de vocaciones viene de Asia y África. Entre todos los países sobresale Vietnam. A pesar del descenso de vocaciones, la Compañía se extiende en el mundo respondiendo a las llamadas de los más pobres, sobre todo en Asia y África. Una gran esperanza para el futuro, porque Dios, que cuida de los pobres, nos envía vocaciones en esos países, aunque no hay que descuidar un fuerte discernimiento.
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