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RAMON CAUSA BAJA EN CALOR Y CAFÉ

Y ¿quién era Ramón?, pues no sé. Ramón era un hombre anónimo que mucha gente conocía, pero nadie sabía quien era. Mendigo de profe-sión, vocacionalmente pobre. Deambulaba desde hace muchos años por las calles de León y arribaba siempre al mismo sitio: un poyo en la vieja muralla, al lado de la Catedral. Allí se sentaba con un cartón de vino como única compañía, que a medida que iba consumiendo lo iba alegrando y sumiéndole en una semiconsciencia voluntaria.

¿Era feliz? Me atrevería a decir que si. A su modo. Desarraigado geográfica, social y familiarmente, tenía el status que deseaba, o al menos con el que convivía pacíficamente. No deseaba más. Su voluntad estaba anulada para otras ambiciones y la palabra “promoción” le ocasionaba risa.

Por la mañana acudía puntualmente a la Asociación Leonesa de Caridad, tomaba el desayuno caliente, esperaba el turno de la ducha, se cambiaba de ropa y..., hasta mediodía que venía a comer y después..., seguía bebiendo y volvía a la hora de la cena.

El momento para conocer un poco a Ramón, en su ser natural, era el de la mañana. Acudía despejado. El único momento que lo estaba; se mostraba bueno, pacífico, tolerante, alegre. Nunca generaba algaradas, ni daba empujones por ser el primero. No daba las gracias, tampoco exigía; estaba cercano y tenía una conversación ágil y amena. No tenía posesiones, ni las quería, sólo el pan y el vino de cada día.

Ramón no soportaba un techo sobre él, ni siquiera se guarecía bajo un banco del jardín. Nunca quiso ir al Albergue, ni ejerció de okupa en ninguna nave desmantelada. Lo suyo era ver las estrellas. Siempre que lo vi agazapado en el entrante de algún garaje, estaba con los ojos abiertos ¿contaría las estrellas hasta el amanecer?

El invierno pasado, inauguró la temporada de CALOR Y CAFÉ y, cosa extraña, fue habitual cliente en las noches gélidas del invierno leonés, hasta el verano, que volvió a contar estrellas.

Este invierno, llegó de nuevo. Le quedaban poquitas noches, porque la primavera apuntaba y seguro que ya estaba pensando en ir a esperar a la luna, en cualquier banco del jardín.

Una noche de marzo, Ramón, se sintió mal, tuvo una profunda hemorragia y sin dar tiempo a más, sin aspavientos, sereno, lo imagino sonriendo, mientras el aroma del café impregnaba la sala, se durmió para siempre. Y mientras se adormecía, una nueva estrella nació arriba en la noche clara.

La Familia vicenciana, todas las Instituciones que colaboran en CALOR Y CAFE han llorado a Ramón. Hoy, el párroco de San Martín, su parroquia, la parroquia de CALOR Y CAFÉ, junto con otros concelebrantes de las parroquias frecuentadas por él, han celebrado el funeral. Todos, todos estábamos allí: Asociación de San Vicente de Paúl, Hijas de la Caridad, Voluntariado vicenciano, Asociación de la Medalla Milagrosa, Cáritas Diocesana, Voluntarios fijos y esporádicos, sus compañeros “colegas” (ha muerto el abuelo, decían)..., éramos su familia.

D. Argimiro, el párroco, aplicó bellamente el evangelio de las Bienanveturanzas a todos los presentes y emocionado, recordó a Ramón pacífico y pobre, sacramento de Cristo, al que la Iglesia ha acogido y arropado en sus últimos momentos, como lo hizo en vida.

Hoy ha causado baja, Ramón, en CALOR Y CAFÉ, pero en nuestro corazón sigue ocupando un lugar preferido. Él ya no contará las estrellas, porque las tiene junto a sí, ahora desde allí nos contemplará a nosotros y nos sonreirá pacífica y alegremente, como siempre lo hacía.

Sor Consuelo Ajenjo
17 marzo 2004


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